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Tuvo 25 paros cardíacos, lo trasplantaron y vive hace 10 años con el corazón de un “héroe” – 07/07/2018

Tuvo 25 paros cardíacos, lo trasplantaron y vive hace 10 años con el corazón de un "héroe" - 07/07/2018

– Traigan a un cura.

– ¿Pero usted no es ateo?

– Sí, pero quiero confesarme por las dudas de que exista Dios.

Los médicos cruzaron miradas rápidas en la sala de terapia intensiva de la Fundación Favaloro. ¿Cómo iban a conseguir un cura urgente un domingo a la tarde?

Contámelo otra vez

El paciente había entrado en pánico. Le acaban de informar que necesitaba un trasplante de corazón. Y que lo iban a conectar a una máquina hasta que apareciera el órgano. A uno de los residentes se le ocurrió entonces traer a un paciente del piso de arriba: era cura y al otro día se iba de alta.

-Si hiciste alguna cagada, Dios ya te perdonó, intentó consolarlo el hombre, en silla de ruedas, que en lugar de sotana llevaba una bata.

A Jorge Rodríguez Kissner le sonríen los ojos cuando ahora recuerda aquella escena. Y aclara, por si queda alguna duda, que no tenía miedo, sino “pá-ni-co”, porque sabía que no iba a ser nada fácil conseguir un corazón para su cuerpo. ¡Pesaba 104 kilos!

Hace casi 10 años. Luego del trasplante, al volver a casa y dispuesto a volver a empezar. Sus hijos tenían entonces 5,7 y 10 años.

Hace casi 10 años. Luego del trasplante, al volver a casa y dispuesto a volver a empezar. Sus hijos tenían entonces 5,7 y 10 años.

“Quería confesarme por si no llegaba a salir vivo de aquella máquina, una especie de corazón artificial. Soy ateo, pero estudié en un colegio católico y mi madre era catequista. Sabía que tenía que cumplir con la letra chica del contrato. Por las dudas…”, se ríe.

Rodríguez Kissner recibe a Clarín en el living de su casa de Berazategui el día que el Senado aprobó la Ley Justina. Junto a los padres de esa nena que murió esperando un corazón, fue uno de los impulsores del proyecto que convierte a todos los argentinos en donantes salvo que se hayan opuesto en vida.

“Es increíble que una niña nos haya enseñado a todos lo que tenemos que hacer como sociedad”, dice, y se hunde en su sillón dispuesto a contar cómo vive desde hace casi 10 años con el corazón de un “héroe”.

“¡Y pensar que yo había nacido para ser el héroe y al final otro me tuvo que ayudar a mí! Soy donante de órganos desde los 23 años. Todavía tengo mi carné”, cuenta este ginecólogo y obstetra que nunca fumó ni se emborrachó.

Yo era un hombre sano y mi vida cambió de repente y sin aviso en una sola noche, a los 47 años, y con tres hijos de 5, 7 y 10 años”, repasa. Fue una madrugada de palpitaciones, náuseas y dolor en el pecho que terminó con un diagnóstico demoledor: miocarditis fulminante. El día anterior había atendido varios partos en el hospital Eva Perón de Berazategui.

"Se necesita un cambio cultural". Es lo que dice Rodríguez Kissner al hablar de la donación de órganos. Por eso, todas las mañanas recorre escuelas para hablarles a los chicos sobre la importancia de donar.

“Se necesita un cambio cultural”. Es lo que dice Rodríguez Kissner al hablar de la donación de órganos. Por eso, todas las mañanas recorre escuelas para hablarles a los chicos sobre la importancia de donar.

El cielo está algo nublado en esta parte del sur del Conurbano, pero el sol se cuela de a ratos a través del tejado que forman las ramas de los árboles en el jardín del doctor Kissner. Tres perritos blancos corren y ladran alrededor de la pileta de natación y la hija del medio -que ya está por terminar la secundaria- se ofrece a preparar café, que después servirá su abuela.

-Ahora que está de moda la palabra posverdad podríamos hablar de la posvida. ¿Existe?

-¡Claro! Yo soy la prueba. Estuve 15 días conectado a una máquina esperando un corazón y pasé más de un mes en coma. Sobreviví a 25 infartos y a un campo de torturas, porque desde que me sedaron y perdí la conciencia viví experiencias alucinógenas espantosas. Tenía una especie de pesadilla eterna, hasta recuerdo imágenes de la película La Caída de Hitler… me sentía adentro de un vagón que iba a Auschwitz. Tal vez fue por todas las veces que me bombearon el pecho para sacarme de los infartos, vaya a saber….

Caravana solidaria al Incucai. Se realizó cuando Rodríguez Kissner estaba internado en la Fundación Favaloro esperando un corazón. Allí estuvo un mes en coma.

Caravana solidaria al Incucai. Se realizó cuando Rodríguez Kissner estaba internado en la Fundación Favaloro esperando un corazón. Allí estuvo un mes en coma.

Kissner sacude la cabeza para librarse de aquellos recuerdos, y sigue: “¿No me vas a preguntar si vi una luz al final de un túnel?”.

El mismo se responde, despacio, como si masticara las palabras: “No sé si era una luz, pero en medio de aquella pesadilla creí ver a una mujer rubia que venía a tranquilizarme, que me pedía paciencia y me aseguraba que todo iba a terminar pronto… Yo creo que esa mujer era mi mamá, pero vaya a saber….”.

Durante la larga espera por la aparición del corazón -que agravó más su salud y causaron todas aquellas alucinaciones- una multitud de amigos y pacientes con sus hijos nacidos en partos atendidos por el doctor Kissner se acercaron a la Fundación Favaloro para hacer cadenas de oración. Y cuando ya casi no había esperanzas, apareció el “héroe”, como le gusta llamar al doctor a su donante. Ese día su historia fue tapa de todos los diarios. Y a partir de ahí empezó a crecer, de a poco, la cantidad de donantes.

Pero todavía falta. Por eso, todas las mañanas, Kissner agarra su maletín de cuero negro y en lugar de ir a los hospitales recorre escuelas para dar clase sobre la importancia de donar: “Ahora ese es mi trabajo principal. Se necesita un cambio cultural”.

Frente a la Fundación Favaloro. Hace 10 años, el caso de Rodríguez Kissner fue tapa de todos los diarios.

Frente a la Fundación Favaloro. Hace 10 años, el caso de Rodríguez Kissner fue tapa de todos los diarios.

Recuperarse totalmente del trasplante le llevó exactamente un año y un mes. Fue cuando por fin volvió al quirófano, atendió una cesárea y nació un bebé hermoso. Pero antes tuvo que luchar contra su propio cuerpo. Recién pudo volver a caminar sin bastón a los dos meses de la operación. Y un mes después intentó sin éxito poner en marcha su auto: no tuvo fuerzas para sacar el freno de mano. A los 15 días regresó al garaje y esa vez sí, logró mover el auto y se fue al supermercado a comprar lo que necesitaba para festejar su cumpleaños. Puso en el changuito un par de gaseosas y otras cosas, pero no fue capaz de arrastrarlo hasta la caja. Pesaba como si estuviera lleno de arena. A los siete meses del trasplante abrió la puerta de su consultorio. Y no se fue más: “Eso sí, bajé dos cambios: antes atendía a 500 pacientes por mes y 180 partos al año. Ahora voy al consultorio sólo tres veces por semana y le dedico más tiempo a mi familia”.

De su rutina de trasplantado lo que más le molesta es abrir todos los días los blister de los remedios. Toma 24 pastillas (12 a la mañana y 12 a la noche). Además, cada seis meses se hace controles para descartar un posible rechazo del órgano. En estos diez años, cuenta, sólo una vez volvió a “sentir la muerte de cerca”. Fue una mañana de 2015, cuando amaneció con taquicardia. “La muerte es una vieja conocida, aprendí a olerla…. y esa mañana anduvo rondando. Pero por suerte pude sacármela de encima otra vez. La culpa la tuvieron los corticoides… me habían bajado la dosis para probar y no anduvo”.

Confiesa el doctor Kissner que los primeros meses después del trasplante estaba, además de débil, enojado. La amargura se le precipitaba como un sedimento en el fondo del ánimo. No entendía por qué le había pasado esto a él, hasta que una psicóloga le dio vuelta la pregunta: por qué no podía pasarle a él.

– Cambió el cura por la piscóloga….

– Sí, pero hice terapia sólo unos meses, hasta que entendí que en lugar de enojarme tenía que agradecer por el milagro de estar vivo.

– ¿Sigue siendo ateo?

– Bueno… Ahora soy un ateo atípico, un ateo que alguna vez capaz reza.

– Usted habló de un cambio cultural para que haya más donantes de órganos y apoyó la sanción de la Ley Justina. ¿Tiene que aprobarse ahora la ley del aborto?

– Como ginecólogo tuve que atender a pacientes que llegan a las guardias con complicaciones por abortos mal hechos. Es una realidad que no se puede esconder. A esas mujeres no se las puede dejar solas. Alguna solución hay que darles. Primero hay que trabajar en mejorar la prevención, la educación sexual. El aborto no puede ser un método anticonceptivo. Tiene que ser la última opción para acompañar a las mujeres.

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